El lecho de las nubes



Era un lugar en el que, según mi antojo, repintaba mis vivencias. Un mundo virtual que se mezclaba con lágrimas y sudores, y casi tornaba realidad. Aquí jugaba a ser feliz, a no tener límites.

Recuerdo un día de tempestad. El cielo estaba tan espeso que se podía cortar con cuchillo; parecía un manto grueso de mantequilla asfixiante; una lucha de titanes que peleaban por un trono, arrancando relámpagos que hacía temblar la tierra. Los caminos de electricidad herían el aire y quebraba como cristal.

De pie en el balcón, con los brazos abiertos a modo de alas, estaba enfrentándome a la naturaleza. Doblé las rodillas y con un pequeño salto comencé la ascensión.

Los rayos me rodeaban, pero como domador de serpientes dirigía su baile eléctrico. Atrevesé las nubes, sumergiéndome en un mar de algodón; me volví vaporoso y observé la superficie: pude verme en el balcón en estado hipnótico y sentí pena. Cuando las nubes se oxidaron, bajé por la escalera de color y remataba el ruído.

Mi padre me estaba mirando en actitud seria. Luego de una exhalación levantó el dedo director, señalando una cumbre.

- Desde allí puedes ver el lecho de las nubes. Levántate conmigo a las 7:00 de la mañana y las verás dormir.

Después de una leve sonrisa añadió:

- El que algo quiere, algo le cuesta; pero no es necesario que vueles.

Estaba harto de que buscara cualquiera ocasión para decirme que pusiera los pies en la tierra. ¿El lecho de las nubes? Bajo sus palabras para mí siempre había burla. Sin embargo, después de muchos años tuve darle la razón.

Ahora construyo realidades desde un lecho de nubes.


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